Carnaval

Esta milenaria manifestación popular fue introducida en América por la conquista española, y se fusionó con otras modalidades de festejar la fecundidad de la tierra en nuestras regiones.
En la Puna y la Quebrada de Humahuaca el carnaval es simbolizado por un diablo o Pujllay, este está representado por un muñeco que simboliza la liberación de los deseos reprimidos; que se desentierra de un lugar mágico (apacheta). La gente brinda y baila al compás de la música de anatas, erquenchos y sicuris, y sigue a las comparsas por las calles de los pueblos. Se tiran serpentinas y harina como parte de este ritual de algarabía que dura varios días. Después del desentierro del diablo, las comparsas llegan al pueblo bailando con sus respectivos cantos y músicas. Al final, todas coinciden en un punto de encuentro para bailar, cantar y desfilar. Todo "regado" con cerveza, chicha clericó, Saratoga y vino. El diablo va a la cabeza del desfile y el baile durará hasta el amanecer y proseguirán hasta el siguiente domingo.
Luego comienza la triste despedida del Carnaval que se manifiesta con el llanto en el momento del entierro del diablo.

Semana Santa

Durante esta fiesta religiosa, los jujeños expresan sus creencias más sinceras y profundas. Las viejas costumbres y las tradiciones españolas se evidencian en la clásica procesión de Cristo Yacente, con su mayor expresión en la localidad de Tilcara. Las calles principales se engalanan con las majestuosas “ermitas”, hermosas obras de artesanía, tipo mural, elaboradas con frutos, flores, semillas y hojas del lugar, representando las distintas estaciones del vía crucis.
En Tumbaya
Los días miércoles, jueves y viernes de la víspera del Domingo de Ramos, parten caravanas de promesantes y peregrinos rumbo a Punta Corral. Desde allí el Domingo de Ramos, más de 20.000 peregrinos traen en andas a la Virgen de Copacabana, desde su santuario ubicado a 4.000 metros de altura.
Luego de recorrer los 24 kilómetros que separan el Santuario del pueblo de Tumbaya, cruzando una difícil geografía y acompañados por una banda de 1.500 sikuris, cuya fuerza musical se escucha a muchos kilómetros en medio de los imponentes cerros quebradeños, se genera un espectáculo conmovedor y de profunda fe, que tiene su momento culminante en el atardecer del Domingo de Ramos, cuando la imagen llega a la iglesia de Tumbaya .
En Tilcara
Declarada de interés nacional por el Senado de la Nación, la Semana Santa en Tilcara alcanza ribetes excepcionales, que se expresan tanto en la multitudinaria peregrinación hacia y desde el Santuario de la Virgen de Copacabana y Punta Corral el día miércoles, como en las majestuosas ermitas, hermosas obras de artesanía –tipo mural– elaboradas con flores, hojas, semillas y frutos del lugar, representando las distintas estaciones del Vía Crucis y que alcanzan su máximo esplendor el Viernes Santo , por la noche, luego de la procesión del Cristo Yacente cuando son iluminadas.
En Yavi
El Viernes Santo ofrece un sobrecogedor acontecimiento de religiosidad popular. Su histórica iglesia, con su altar de oro, se transforma en el centro de la celebración.
En su interior se presenta el Monte Calvario con un Cristo de brazos articulados, que luego de la celebración de la Pasión, es desclavado y colocado en un sepulcro, iniciándose una de las tantas procesiones que se realizan hasta el alba del día siguiente.
En Huacalera
Con profunda y sincera fe, las viejas costumbres y tradiciones españolas se reviven en la procesión del Viernes Santo por las calles de la villa, acompañada de antorchas y ermitas con flores, representando imágenes bíblicas.


La Pachamama

La Pachamama es la más popular de las creencias mitológicas del ámbito incaico que aún sobrevive con fuerza en algunas regiones de nuestra provincia. La evangelización no logró extirpar la presencia de la Pachamama (Madre Tierra) de la vida espiritual de las comunidades aborígenes, ni terminó con las manifestaciones rituales campesinas con las que se la venera. Hoy la fe cristiana y el culto a la Madre Tierra conviven de una manera armónica, siendo una demostración evidente del sincretismo que habita en estas tierras.
El homenaje principal se observa durante el mes de agosto, especialmente el primer día del mes realizando una ceremonia milenaria en la que “se da de comer y beber a la tierra” ofrendas de comida, bebida, hojas de coca, chicha, alcohol y cigarrillos.



Casabindo

Casabindo es una pequeña población situada a 120 kilómetros de Abra pampa y 148 de Humahuaca, en plena puna jujeña. Este pueblo ya contaba con cura hacia fines de 1500, y formaba parte del antiguo camino del Inca, también se encontraban en Casabindo varios encomenderos, con indios que trabajaban en las minas, lo que le daba cierta importancia... Hacia el siglo XIX comenzó a perder trascendencia.
Es una población pequeña y parecida a todas las poblaciones coloniales, cToreo de la Vinchaon una plaza principal, en este caso empircada, y una iglesia: De La Asunción, construida hacia 1772. Sus pocos habitantes viven de la cría de ovejas y llamas y de los tejidos de sus lanas. Hay poca agua y poca vegetación, tal el paisaje de la Altipampa.
Pero cada 15 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de la Asunción, se produce una atávica unión entre lo religioso y lo pagano: se conmemora la Asunción de la Virgen María y se ofrenda a la Pachamama. Y esta árida zona se puebla de ruidos, colores y gente, venidos de todos los sectores del país e incluso del extranjero.
Desde temprano arriban desde poblaciones vecinas las procesiones con imágenes de santos (misachicos) y la fiesta comienza con los Samilantes (Amilantes según Carlos Vega) y su danza (una de las cuatro danzas colectivas del Folklore Argentino), Las cuarteadoras (varios pares de mujeres llevando media res de cordero seccionada a lo largo, tomadas de las patas) que disputan su parte del animal hasta cortarlo o quitárselo a la contrincante, y tres niños, de los cuales dos hacen de caballo y uno de toro: los primeros simulan perseguir al otro. El sacerdote oficia la misa a capilla llena, se hace la procesión incensando las imágenes. Hay comidas regionales, y no tanto, en los distintos puestos que rodean la plaza y a la siesta comienza la corrida de toros, cuyo nombre es, precisamente, Toreo de la vincha. Es el único toreo incruento de Sudamérica.
El toro sale al ruedo con una vincha en las astas, y el torero debe quitársela, para luego ofrendarla a la Virgen. Los toros se exacerban con la capa del torero, los gritos del público y los estruendos de las bombas. Muchas veces los improvisados valientes caen al suelo por los nervios y son atropellados por las bestias (por lo general sin riesgos mayores), otras veces huyen asustados provocando la risa de los espectadores.
Los toreros, por si no supimos explicarnos bien, son, o bien lugareños (algunos de ellos con la experiencia que da torear todos los 15 de agosto), u ocasionales espectadores con sobrecarga de agallas, adrenalina o alguna profusa ingesta de bebidas espirituosas.
Finalizadas las disputas (alrededor de diez) se dan los premios y menciones a los toreros triunfadores. De a poco los vehículos de los viajeros comienzan a moverse.
El espectáculo del toreo dura hasta antes de la caída del sol, entonces la imagen de Nuestra Señora será llevada a su lugar original y el viento y los cerros volverán a adueñarse de la localidad hasta el próximo 15 de agosto.

 

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